Miércoles, 20 Marzo 2019 00:00

El elogio a la locura.

Por: José Alberto Guerrero Baena.

Un mundo nos vigila... y no hace nada

Internet, terrorismo y extremismo.

 

«Porqué nuestro mundo, no es el mismo que el de Otelo,

las gentes son felices, tienen cuanto desean

y no desean nunca lo que no pueden tener» 

Aldous Huxley.

Un asesinato a sangre fría filmado por su hechor, quien a su vez logra que su «obra maestra» sea tendencia, incluso en paises lejanos donde desconocian sus filias políticas y donde esta tragedia raya dentro de lo que nosotros podemos conceptualizar como: TERRORISMO.

Un ataque terrorista en Nueva Zelanda, que atenta contra la vida de las personas que acuden a un servicio religioso, 49 fallecidos y decenas de heridos hasta el momento, logrando con esta situación alertar a la prensa y esfera mundial provocando terror, miedo, pánico masivo, en los millones de terceros que se enteraron sobre este atentado. Los seres humanos que han perdido la vida, sirven cómo un instrumento que funciona como un medio efectivo para generar un stress colectivo y así generar una percepción mundial de inseguridad, donde el atacante, logra plasmar y comunicar sus convicciones políticas, sociales, culturales, étnicas y religiosas de una manera psicológica contundente.

Sirva todo el preambulo anterior, para lograr que las víctimas indirectas, tengan acceso de manera inmediata al episodio grabado en video y transmitido en redes, cuando este acto de genocidio es cometido.

Los dos episodios de armas sucedidos en Nueva Zelanda contra feligreses musulmanes que acudían a un acto religioso, donde vale la pena retomar esta situación para analizar el tipo de terrorismo utilizado sobre la perspectiva de utilización de las tecnologías de la información cómo un difusor de la violencia que se esta generando alrededor de este mundo (hasta el momento siguen las indagatorias y sólo se cuenta con lo que se ha aportado desde medios internacionales).

Debemos recordar que el terrorismo es aplicado por atacantes de diversas creencias religiosas (no es exclusivo de musulmanes) o de  ideologías políticas, étnicas e incluso sociales. En los últimos años, como señalamos hace unas líneas, ha sido íntimamente ligado a la parte más radical del  islam y por el exotismo que nos parece peculiar a la gente de occidente al saber de un atentado realizado por personas de ese credo. Sin embargo, el terrorismo, es una categoría especial de violencia que resulta eficaz y eficiente, donde es el recurso por excelencia de extremistas de derecha, de izquierda, grupos nacionalistas, ecologistas, miembros de comunidades religiosas diversas o anarquistas.

El caso que detona esta columna esta basado desde el extremismo supremacista blanco. En la actualidad al analizar asuntos de seguridad nacional, se ha llegado a la conclusión de que al igual que el extremismo islámico, ahora el extremismo de derecho ha pasado por una seria etapa de radicalización y  profesionalización, donde ahora el uso del internet y las redes sociales es una herramienta toral. En décadas pasadas, los extremistas de derecha no tenían acceso a este tipo de herramientas y ahora las redes sociales han sido el bastión de difusión de su doctrina hacia el centro de la discusión.

Ahora la difusión de estas ideas esta al alcance de un mouse o de un apretón de teclado en un teléfono celular, sí, con un alcance que nuestras mas obtusas mentes en el pasado no hubiesen dado credibilidad. Es en ese mismo sentido que el terrorismo funciona, con diferentes efectos en las personas alcanzadas por el mensaje.

Es por ello, que gracias  a los hechos de Nueva Zelanda, Brasil y en estos momentos en Holanda, que logró la difusión del mensaje que estos grupos deseaban proyectar, paso a paso. El acto de genocidio llega a millones de seres humanos, quienes al momento de observarlo, viven los momentos de terror y pánico que quizás sólo podrían tener efecto bajo una película de terror. Después, esa audiencia, trata de informarse de la personalidad de quienes fueron los realizadores de este ataque y sus razones, motivaciones o doctrinas. Hasta este momento, quienes hayan tenido nociones de estos ataques, sabrán que en el caso neozelandés, es un tipo supremacista blanco, jóven, asiduo y adicto a las redes sociales, donde las utilizaba para postear manifiestos que detallan el odio hacia la religión musulmana y su odio a los migrantes (que tampoco ni se nos da a los mexicanos).

Los atentados que se cometieron, tenían un fin: reivindicar esas doctrinas, teniendo un doble efecto: el miedo que se causa y por otro lado la atracción al fenómeno.

¿Qué se causa con ello?

Conmoción al propagar el pánico en masa, al tener contacto con la transmisión en directo o por el video que al haber burlado los algoritmos de la censura de Facebook, ha sido distribuido de manera masiva.

Por otro lado, hay un sector de personas que al tener contacto y consumir el video, no concuerda con los medios violentados utilizados, pero si coinciden de manera ideológica y tienden a la justificación de la violencia , no siempre de forma abierta. Son catalogados como seguidores blandos, pasivos, que pueden ser transmisores del mensaje y con efectos políticos contundentes y diversa índole.

Un número pequeño, los seguidores duros y radicales, aplaudirán el método utilizado de forma abierta y paulatinamente podrían ser consumidores y seguidores, llegando a formar células o grupos afines.

Esta forma de atacar, ha sido de las más eficaces de la historia, debido a su pronta difusión y tiende a motivar a unirse a este tipo de grupos radicales, buscando hechos similares e inclusive tácticas y estrategias para la planeación en un futuro de los mismos.

Remontándonos al pasado, los primeros terroristas de la historia utilizaron las plazas públicas para la propagación del terror, basados en el rumor y la conversación de quienes fueron testigos. Después fue la prensa escrita la que se encargo de esta función, pasando posteriormente por la radio y la TV. Hoy la posmodernidad les ha brindado la facilidad tecnológica de las redes sociales, añadiendo transmisiones en vivo, amén de compartir textos o imágenes.

El terrorismo posmoderno, se ha montado en nuestras costumbres, utilizando los patrones de conducta establecidos, pero basándose primordialmente por nuestra avidez de información e inmediatez, por la ansiedad de conocer el fenómeno o hecho. La efectividad para comunicar esta clase de violencia, ocasiones que ya no haya una excesiva planificación o sofisticación en los atentados de «alto impacto», es decir en aviones, en plazas públicas, cafés, centros comerciales, estadios, hoteles, aeropuertos, sólo basta tener un teléfono móvil y subir a las redes el hecho, para que el pánico estalle de manera profunda.

O algo que es tristemente efectivo: que el atacante filme su acto, y logre penetrar no sólo las redes sociales o los medios de comunicación, sino nuestras mentes (conciente e inconsciente), inserte su hecho en la agenda de discusiones del día y provocar un debate - en la mayoría de las veces equivocado- sobre el Islam, la migración y con ello lograr que se haga eco de sus pretensiones.

Tomar conciencia de estos actos es fundamental, el terrorismo poco a poco captura nuestra atención y el imaginario popular y si lo trasladamos a lo real, por medio de las redes sociales, provocamos su perpetuidad. 

El autor es, Maestro en Antropología Social. 

Facebook: José Alberto Guerrero Baena / @BetoGuerrero38

 

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