Jueves, 07 Marzo 2019 00:00

"Menos partidos, mejores votantes".

Por: Jaime Darío Oseguera.

Vale la pena analizar a fondo las consecuencias de la iniciativa que presentó la bancada de Morena en la Cámara de los Diputados Federal para disminuir las prerrogativas ordinarias de los partidos políticos.

Va a causar polémica y será motivo de comentarios, enfrentamientos verbales y grandes análisis en los próximos días.

Es un tema político de fondo. Va orientado directamente a cambiar el sistema y, como tal seguramente tendrá consecuencias que debemos anticipar.

No cabe duda que hay hartazgo de la gente respecto de los partidos. Deberíamos decir que el cansancio es sobre las malas acciones que han desarrollado algunos actores partidistas. En esa crítica social, se encuentra la gran cantidad de recursos que gastan las cúpulas de los partidos para echar a andar maquinarias que se volvieron densas, pesadas, anquilosadas, caras e ineficientes.

Sin embargo, y a pesar de lo que se pueda decir, he venido repitiendo desde hace semanas lo mismo: hoy más que nunca México requiere un sistema de partidos fuerte. Un sistema de partidos que responda a las necesidades de un país donde al establecerse en definitiva la alternancia, se puede generar una competencia política entre diferentes opciones reales de gobierno y hasta consolidar un sistema en el que haya gobiernos compartidos, de coalición, donde participen todas las fuerzas políticas que decida el electorado.

Fortalecer al sistema de partidos por ejemplo, representa rechazar la tentación de las verdades únicas o absolutas. Porque una cosa es tener la mayoría y otra muy distinta es tener la razón. Las verdades absolutas enraizadas en las personas, se vuelven dogmas que son la puerta a los absolutismos y despotismos.

Tener partidos fuertes, significa la capacidad de comparar diferentes programas políticos que son a su vez la fuente de los principios y los valores que enarbolan las campañas. En teoría, cuando un ciudadano elige a quienes lo quieren gobernar, decide entre programas, valores o principios.

Ante la falta de esta opción, se ha venido privilegiando la imagen o la mera apariencia de quienes se convierten en candidatos. Entonces resulta que la competencia no es por ver quién tiene mejores razones y decisiones para el país sino quién se presenta como más bonito o sonriente. La apariencia que ha sustituido a la esencia, con el riesgo de que el maniqueísmo, la veleidad se apodera de la política.

Tengo la hipótesis de que una buena parte de la corrupción de algunas instancias públicas, tiene que ver con este apego mayor a la foto por encima de la sustancia o el programa.
Como consecuencia se ha caído en el lugar común y si uno le quita el micrófono a cualquier candidato y se lo pone a otro casi no se expresan las diferencias.

Eso que en sí mismo no es malo, esconde la verdadera naturaleza de un sistema de partidos: tener a la mano la ideología y las acciones con las que pretenden gobernar quienes van a la elección.

La ideología es la interpretación de la realidad. En la democracia representativa, el ciudadano debería inclinarse por aquellas opciones de partidos que al proponer el mejor análisis del entorno, aportan soluciones más viables, cercanas a sus problemas y anhelos. De otra manera se impone la foto, la buena sonrisa y la superficialidad.

Por otro lado, los sistemas de partidos más estables en el mundo son aquellos que tienen opciones políticas muy definidas y que tienden a ser pocas. A nadie le sirve que en un país haya tanta gente viviendo del dinero público que se le entrega a los partidos.

Hoy la burocracia de los partidos se ha excedido. Sus propias élites son un lastre para la democracia. De manera que la iniciativa en sí misma parece una buena decisión. Lástima que no siempre las buenas intenciones sean lo que parecen. Es obvio que detrás de la misma hay una estrategia de Morena para fortalecerse aún más como partido en detrimento de los demás. Hoy que no necesitan de prerrogativas porque su militancia, adeptos, seguidores sean reales o momentáneos recibirán los beneficios del gobierno que encabeza. Por eso se ha mandado a dos de las principales figuras de ese movimiento, Clouthier y Delgado, a encabezar la cruzada contra la partidocracia que paradójicamente son ellos mismos.

Lo cierto es que la República amorosa está cayendo a la realidad. El enfrentamiento entre los partidos políticos que se deriva de la manera como silban a los gobernadores en los eventos de el presidente López Obrador va a revivir esta confrontación de fondo. Es obvio que Morena tiene una estrategia en estos temas. Si además disminuyen las prerrogativas como seguramente va a suceder entonces veremos muy pronto una mayor polarización y disputa entre las élites.

En el caso particular de Morena el problema es que no se trata de un partido sino una corriente de expresiones muy diversas en torno al presidente López Obrador.

De manera que cuando éste termine su periodo se fragmentará y ya se observa que vendrán diferentes corrientes y expresiones a intentar sustituirlo. Esta posibilidad lo que representa en el fondo será volver al caudillismo en lugar de fortalecer la institucionalidad.

Necesitamos mejores partidos políticos, mas fuertes, para que hagan contrapeso a los excesos y dogmas vengan de donde vengan, pero esa solución no pasa por darles más dinero. En un país con tantas carencias, lo mejor es mandar a la partidocracia a tener iniciativas y creatividad. Habrá mejores partidos si se aumenta el nivel mínimo de votación requerido para darles financiamiento y se les obliga a registrar ante el órgano electoral un mínimo de propuestas de campaña que luego tengan que cumplirse. Habrá mejores partidos si se fiscaliza que no entre dinero ilegal, sea público o privado, que comprometa a los gobernantes más allá del compromiso que tienen con los votantes.

Mejores partidos también harán mejores votantes, esa es la experiencia en varias partes del mundo.

El autor es, Dr. en Sociología.

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